Durante muchos años nos han contado que antes de tomar una decisión hay que analizarla y racionalizarla.
Y sí. Tiene sentido. La razón es ordenada, explicable y queda bien en una reunión. Puedes defenderla, cual manual de instrucciones, sin que nadie levante una ceja. “He llegado a esta conclusión por estos cinco motivos” suena mucho mejor que un “no sé… me huele raro”.
Por eso la hemos convertido en la reina del sistema. Si todo lo piensas bien, te equivocarás menos. Eso dicen. O eso nos prometieron.
Pero llega un momento curioso en la vida, sobre los cuarenta (o quizás antes, y yo voy con retraso) en el que aparece algo más rápido que la elaboración de una maldita agenda al detalle o de una interminable lista de la compra: la intuición.
Esa maravillosa “sensación de saber” no es magia ni azar. Es el cerebro haciendo lo que mejor conoce cuando tiene experiencia: reconocer patrones sin el visto bueno de la conciencia. Una especie de radar interno que no explica, pero identifica.
Es memoria comprimida en una sensación. Sin más.
¿Alguna vez has conocido a alguien y en cuestión de segundos has sentido que con esa persona todo va a fluir (o no)?
¿Te ha pasado escuchar una propuesta y, sin tener todos los datos, ya saber si merece la pena?
Y aquí viene lo interesante: confiar en la intuición no es cuestión de dejar de pensar, es dejar de pensar en exceso. Es ahorrar energía mental en lo obvio para poder usarla en lo importante. En definitiva, no acabar agotado antes de ni siquiera haber decidido.
Puede que no se trate de vivir a base de corazonadas. Y puede que la intuición no sustituya al pensamiento racional, pero a veces le gana en velocidad… y en claridad.
Quizás, el equilibrio, está en escuchar esa primera señal que no sabe explicarse del todo … y luego darle al cerebro el tiempo justo para confirmar si era intuición o simplemente una prisa disfrazada.
¿Y si la intuición no fuera lo opuesto a la razón… sino su versión más rápida?

Deja un comentario