Hoy es el Día Internacional de la Mujer.
Me gustaría poder felicitarlo con la misma naturalidad con la que celebramos otros avances sociales. Pero todavía siento que este día funciona más como un recordatorio de lo que falta por recorrer que como una celebración de lo que ya hemos conseguido.
Las leyes están avanzando. La Unión Europea ha aprobado normas para mejorar la transparencia salarial y aumentar la presencia femenina. Son pasos. Importantes. Pero muchas de estas medidas afectan solo a determinadas empresas que tardarán años en desplegar todo su efecto.
Y todo eso es positivo. Pero también conviene reconocer que existe una cierta distancia entre el discurso y la estructura real de muchas organizaciones.
Mientras tanto, en el día a día de muchas compañías, todavía hay muchas mujeres que sienten que deben validar constantemente su legitimidad profesional.
Y con ello, otra realidad: la dificultad de expresar determinadas opiniones o abrir debates necesarios sobre estas cuestiones sin que se interpreten como una reacción excesivamente emocional o confrontativa. A veces, simplemente levantar la mano para señalar un problema o proponer una conversación puede generar más incomodidad de lo esperado.
El verdadero cambio no llegará solo con declaraciones ni con porcentajes en los informes de sostenibilidad. Llegará cuando las estructuras profesionales evolucionen al mismo ritmo que la sociedad:
Cuando el talento no necesite justificarse el doble.
Cuando la ambición profesional de una mujer no resulte sorprendente.
Cuando la conciliación deje de percibirse como una concesión y pase a entenderse como una realidad compartida.
Y cuando abrir conversaciones incómodas deje de ser visto como un problema y pase a ser entendido como una oportunidad de mejora.
Terminar con una dedicatoria.
A las mujeres visibles: las que ya ocupan espacios de decisión, las que tienen voz, influencia o capacidad de abrir puertas. Que sigan avanzando, pero sobre todo que no olviden mirar atrás y ayudar a otras a cruzar el camino.
Y a las mujeres invisibles: las que todavía trabajan en silencio, las que dudan antes de hablar, las que sienten que aún tienen que demostrar demasiado para ser escuchadas. Que no dejen de intentarlo. Que no dejen de ser valientes.
Porque muchas veces lo que ocurre no habla de ellas ni de su capacidad. Habla de estructuras, inercias y entornos que todavía consideran normal que ciertas voces pesen más que otras.
No es cuestión de que alguien abra una puerta. Es cuestión de que esa puerta ya no vuelva a cerrarse para nadie más.

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