Cuenta una vieja historia que en un experimento colocaron a cinco monos en una jaula, con una escalera en el centro y un racimo de plátanos en lo alto. Cada vez que uno subía para cogerlos, los científicos rociaban con agua helada al resto. Pronto, los monos aprendieron la lección: si alguien se atrevía a escalar, los demás lo golpeaban para evitar el castigo.
Con el tiempo, los investigadores fueron sustituyendo uno a uno a los monos originales. Y cuando ya no quedaba ninguno de los que había recibido el agua helada, el grupo seguía golpeando a quien intentaba subir. Ninguno sabía por qué.
Solo “porque siempre se había hecho así”.
Las empresas están llenas de monos y escaleras invisibles. Personas que repiten comportamientos, reglas o actitudes sin preguntarse de dónde vienen ni si siguen teniendo sentido.
En muchos equipos, las malas prácticas se heredan como rituales. Se castiga al que propone algo diferente, al que cuestiona o al que sube un peldaño para alcanzar algo mejor. Y lo más triste es que, muchas veces, quienes perpetúan ese comportamiento ya ni recuerdan el motivo original: solo repiten lo aprendido, lo que vieron hacer a otros antes.
Viven bajo una inercia envenenada, desconocedora del acto de rectificación.
No es el ambiente, es la cultura la que define si un lugar enferma o inspira.
Y cuando quienes están arriba envían agua fría en forma de miedo, humillación o control, esa energía se filtra hacia abajo. Hasta que todo el grupo actúa desde la defensa, no desde la evolución, esa que nos permite observar, dialogar y aprender a no maltratarnos.
Hay jefes que creen liderar, cuando en realidad solo están adiestrando obediencia. Y compañeros que creen adaptarse, cuando lo que hacen es resignarse.
Abandonar.
¿Sientes que hay comportamientos que se repiten sin sentido? ¿Te atreves a hacer la pregunta de «por qué hacemos esto así»?
Tal vez seas el primero en subir un peldaño sin miedo al agua.
Y quizás, gracias a ti, los demás descubran que arriba había algo más que un racimo de plátanos.

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