La soledad no se ve, pero se siente. Puede vestirse de silencio o disfrazarse entre multitudes. No distingue de edades, de éxitos ni de roles.
Sin embargo, no toda soledad es igual.
Existe una soledad elegida, consciente, cultivada. Aquella que muchas personas buscan para reconectar consigo mismas, reflexionar, descansar del ruido del mundo. Es una soledad fértil, a veces incluso curativa. Quien la habita desde la paz, encuentra en ella su libertad.
A este tipo de soledad la llamo mi soledad querida.
Esa que no me duele, sino que me calma. Me ayuda a pensar, a poner orden dentro de mí. A distinguir entre lo que me acompaña… y lo que me pesa. Esa soledad me ha enseñado a ser mi mejor amiga. A cuidarme. A consolarme. A darme fuerza para seguir.
Pero existe también la soledad no deseada. Esa que no se elige. La que llega con la pérdida, con la edad, con la desconexión social, con la invisibilidad. Es una soledad que duele, que encoge, que a veces silencia a quienes más necesitan ser escuchados. Y esa, la no deseada, te apaga.
Me he sentido sola cuando he tenido que tomar decisiones difíciles y, a la vez, mostrarme fuerte; me he sentido sola cuando no he podido pedir comprensión porque mi posición profesional no era la de otros; me he sentido sola intentando sostenerme para poder sostener a mis hijos; me he sentido sola cuando he experimentado el no encajar, el verme diferente, incluso entre los míos.
Con todo, hay una soledad no elegida que es la que más me duele.
Y es la soledad de muchas personas mayores. Que pasan los días sin una voz, sin una visita, sin una mirada. Se habla mucho de salud física, de hábitos, de longevidad. Pero lo cierto es que, sin amor, sin compañía, enfermas. Y mueres. Mueres de tristeza, de olvido, de falta de sentido.
Las personas mayores, que tanto han dado, hoy necesitan ser vistas. Necesitan compañía, presencia y amor.
Porque sin amor, sin vínculos, sin conexión… el cuerpo enferma y el alma se apaga.
Sé que no siempre podremos cambiar el mundo. Pero sí podemos cambiar el día de alguien. Con una llamada. Una visita. Una mirada que diga: «Estoy aquí, y me importas.”
- Agradece si tienes a alguien al lado.
- Acércate si ves a alguien solo.
- Y, sobre todo, no des por hecho que los que más lo necesitan, van a pedirlo.
No olvidemos a quienes una vez cuidaron de nosotros. No dejemos que nadie muera en vida por falta de afecto.
“No hay peor vacío que el de sentirse olvidado estando aún vivo.”

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