Expectativas

“No pongas tus expectativas en los demás, ponlas en ti. Ahí es donde puedes actuar.”Epicteto

A lo largo de los años, he aprendido que gran parte del dolor que sentimos no viene tanto de lo que ocurre, sino de lo que esperábamos que ocurriera. Las expectativas —esas ideas que vamos fabricando sobre cómo debería comportarse alguien, cómo tendría que ser un trabajo, una relación o incluso una ciudad— se convierten en guiones invisibles que muchas veces nadie más conoce, salvo nosotros.

Y cuando la realidad no sigue ese guion aparece la frustración, la tristeza, la decepción.

Porque muchas veces esperamos demasiado de algunas personas. Y otras, esperamos demasiado poco: por miedo, por heridas no resueltas o para protegernos. En ambos extremos se pierden cosas valiosas.

Hay una paz profunda que solo llega cuando dejas de esperar que los otros sean distintos. Una calma que no viene de tenerlo todo bajo control sino de haber ajustado tus expectativas con honestidad.

Con el tiempo, he comprendido que vivir con expectativas ajustadas no es resignarse. Es amor propio. Es lucidez. Es aprender a cuidar tu energía como un recurso sagrado. Saber hasta dónde sí… y a partir de dónde ya no. Quién merece estar y quién quizá solo puede llegar hasta un punto. Y no pasa nada.

Personas que fueron importantes. Que me marcaron, que me enseñaron algo, que estuvieron ahí cuando las necesitaba. Pero que ya no. Que ya cumplieron con su papel en mi vida. Y que ahora, simplemente… deben quedarse atrás.

Y no pasa nada.

No todo vínculo es para siempre.

No toda persona que te quiso puede crecer contigo.

Y no por eso hay que idealizarlas, ni retenerlas, ni castigarse por soltarlas.

Soltar es necesario.

Soltar es sano.

Soltar es reconocer que hay ciclos que terminan y que retener lo que ya no encaja… solo pesa.

A veces, avanzar es dejar espacio.

Para lo nuevo, para lo más acorde, para lo que de verdad vibra con quién eres hoy.

Y ahí es donde el ajuste de expectativas no solo te ordena… te libera.

No todos pueden darte lo que necesitas. Ni tú puedes dar todo a todos.

Pero cuando te permites mirar con claridad —sin idealizar, sin minimizar— empiezas a tomar decisiones que no duelen tanto, porque ya no vienen del impulso ni del autoengaño sino de una versión más madura, más consciente. Más tuya.

Eso es lo que trae paz.

Y es importante entender que revisar expectativas no es perder la esperanza. Es dejar de alimentar ilusiones que te desgastan y empezar a moverte desde lo real. Desde lo posible. Desde lo presente.

No se trata de no tener expectativas nunca —porque vivir sin esperar nada de nadie también desconecta, enfría, endurece el alma—, sino de revisar con frecuencia lo que esperamos de los demás, de los lugares, incluso de nosotros mismos. Reescribirlas si es necesario. Saber cuándo soltar. Y permitirte ver, por fin, la realidad tal como es.

Porque solo cuando dejas de exigir que el mundo sea exactamente como lo soñaste, puedes decidir qué hacer con lo que realmente es.

“La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos.” – Marco Aurelio


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