«Levántate, mujer. No porque debas demostrar nada, sino porque ya lo vales todo.»
Hay una realidad que apenas se menciona y que muchas mujeres cargan en silencio: la de vivir como si cada día fuera una evaluación. Demostrar, sostener, cuidar, rendirse o adaptarse. Todo al mismo tiempo, sin descanso, sin margen de error.
Vivimos entre las exigencias invisibles y los mandatos heredados. Se nos dice que podemos con todo, pero no se nos permite fallar. Que seamos independientes, pero que no se nos note. Que hablemos claro, pero sin molestar. Que lideremos, pero sin olvidar la sonrisa. Y si un día no llegamos… el juicio no tarda en llegar.
He observado muchas veces esa fuerza discreta con la que las mujeres se levantan aun cuando están rotas por dentro. Esa costumbre de posponerse. De no llorar en voz alta para no parecer frágiles. De no celebrar sus logros por miedo a parecer arrogantes. De no parar, ni siquiera cuando todo duele.
A ti, que cargas con una fortaleza que nadie te preguntó si querías tener.
A ti, que te partes en mil para que nada se caiga.
A ti, que llevas una vida dentro de otra, y aún dudas si estás haciendo lo suficiente.
A ti, que haces magia con lo que tienes, pero ya no recuerdas cuándo fue la última vez que te diste algo solo para ti.
Hay mujeres visibles, con cargos, voz pública o espacios ganados. Y, aun así, muchas de ellas se siguen cuestionando si son “demasiado”. Demasiado directas. Demasiado emocionales. Demasiado ambiciosas. Demasiado visibles.
Hay otras que no salen en las fotos, pero sin ellas nada funcionaría.
Son las invisibles.
Las que sostienen sin figurar. Las que trabajan dentro y fuera sin que nadie pronuncie su nombre. Las que sueñan bajito porque nadie les enseñó a soñar en voz alta.
A ti, que haces lo imposible cada día, pero sientes que no alcanza.
A ti, que aprendiste a callar para no incomodar.
A ti, que has olvidado cómo suena tu propia voz
. A ti, que te preguntas en silencio si ser madre ha hecho que te tomen menos en serio.
A ti, que trabajas el doble para demostrar la mitad.
He visto mujeres que llegaron lejos, pero para hacerlo dejaron trozos de sí mismas por el camino. Que aprendieron a moverse en un mundo que premia lo masculino, aún a costa de su esencia. Que se acostumbraron tanto a sobrevivir, que ahora dudan si pueden volver a ser.
A ti, que ya estás en la cima, no olvides lo que te costó.
No te olvides de cuando no tenías voz.
No te olvides de tender la mano.
Porque el éxito sin generosidad solo perpetúa el mismo juego desigual que una vez te dejó fuera.
Ser mujer hoy es un ejercicio constante de equilibrios imposibles. Entre la ambición y el juicio. Entre la ternura y la dureza. Entre la maternidad y la carrera. Entre la necesidad de avanzar y la culpa de no estar en todo.
Pero lo más duro es que muchas veces no luchamos solo contra el sistema, sino contra lo que llevamos dentro: Las frases de infancia. Los límites aprendidos. Las veces que nos dijeron que no era para tanto. Las veces que nos hicieron sentir que no bastaba.
Son las voces heredadas.
Los modelos aprendidos.
A ti, que te preguntas si mereces más, pero te da miedo pedirlo.
A ti, que ya no quieres pedir permiso para ser tú.
A ti, que aún no sabes cuánto vales, pero cada día te sostienes igual.
A ti, que inspiras sin darte cuenta.
Escribo para que nos miremos sin filtros. Para recordarnos que no estamos solas, aunque a veces lo parezca. Que no estamos rotas, aunque a veces nos sintamos así. Que no estamos equivocadas por sentir, por querer, por desear algo más justo.
Porque ninguna mujer debería caminar este camino sola.
Porque si una avanza, que abra camino.
Porque si tú puedes levantar a otra, hazlo.
Porque si tú ya te ves, entonces haz que otras también se vean.
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