Gratitud

“La gratitud es el arte de atraer cosas buenas.” – Platón

Hoy mis palabras no buscan explicar, sino agradecer y declarar mi amor.  Amor a la vida, a quienes me han amado, a quienes me han herido, a quienes me han acompañado y también a quienes partieron antes de tiempo. Escribo con los ojos humedecidos por el recuerdo y el pecho lleno de gratitud por cada alma que ha tocado la mía, aunque haya sido solo por un instante. Porque cada encuentro ha sido un regalo, cada vínculo una semilla, cada despedida una enseñanza. Hoy escribo con el alma abierta, y con ella, solo puedo decir: gracias por la oportunidad de estar aquí, ahora, viva, consciente, despierta, con el corazón en calma y la mirada colmada de recuerdos y esperanza.

Agradezco con todo mi ser a mi padre, que fue mi casa cuando el mundo se quedó vacío. Que me acompañó solo, con una fuerza serena y un amor que hablaba sin necesidad de palabras. Su valentía fue mi refugio. Su generosidad, mi primera escuela. Me enseñó a ser una buena persona, a no juzgar, a vivir sin miedo, a confiar en que el alma sana se construye desde dentro. Gracias, papá, por enseñarme que no se necesita tenerlo todo para serlo todo. Por sembrar en mí la certeza de que puedo ser luz, incluso cuando hay sombra.

Gracias a mis hijos pequeños, mis grandes maestros. Sus ojos me han enseñado a mirar de nuevo. Su risa limpia, su honestidad sin artificios, su forma de estar en el mundo… me transformaron para siempre. Aprendo de ellos cada día: a no comparar, a no exigir, a no herir. A estar presente. Me han enseñado a ver al otro con compasión, a soltar el juicio, a ser más humana. Me han hecho mejor persona simplemente por existir.

Agradezco también a quienes han formado parte de mi vida, ya sea por un instante o por años. Algunos siguen conmigo, otros se fueron. Algunos me marcaron con dolor, otros me acariciaron con ternura. Pero todos, sin excepción, me dejaron algo valioso. No todo lo que llega está destinado a quedarse, y no por eso tiene menos importancia. Algunas personas fueron faros, otros espejos y otras sacudidas necesarias. No importa cuánto duró su presencia; lo que importa es lo que dejaron en mí. Y por eso, gracias. De corazón.

Elijo la gratitud por encima del resentimiento, porque sé que el rencor encadena y la gratitud libera. Agradezco incluso aquello que no entendí en su momento. Porque con el tiempo he comprendido que todo lo vivido me ha traído hasta aquí. Y este «aquí» tiene sentido. Tiene paz.

He aprendido que dar gracias no es solo una cortesía, es un acto de rendición ante la belleza de la vida, incluso cuando duele. Que agradecer es una forma de reconciliarme con mi historia, de mirar mis cicatrices con ternura, de entender que todo lo vivido —lo bueno y lo difícil— me ha convertido en quien soy. Con el tiempo he descubierto que ser agradecida conmigo misma es uno de los gestos más valientes que puedo ofrecerme. Aceptarme sin condiciones, reconocer que soy suficiente, que no tengo que demostrar nada para merecer amor, me ha regalado una paz que desconocía. Agradecerme a mí, por no rendirme, por seguir creyendo, por sostenerme incluso cuando me he sentido frágil, es un abrazo que me debía desde hace tiempo.

Hoy celebro el regalo inmenso de la vida. Celebro a quienes están, a quienes estuvieron y a quienes vendrán. Celebro los vínculos verdaderos, los aprendizajes invisibles, la fuerza que nace del amor y el amor que permanece a pesar del tiempo. Porque cada persona ha sido parte de mi viaje. Y yo, sin más, doy gracias.


Comentarios

Deja un comentario