El poder de tener poder

«El poder no cambia a las personas, solo revela quiénes son realmente.» – J.M.

Hay una fuerza silenciosa que puede elevar o destruir, transformar o desgarrar. Una fuerza que todos, de una manera u otra, anhelamos, tememos o enfrentamos: el poder.

Tener poder es tener influencia. Es tener la capacidad de tomar decisiones que afectan a otras vidas, caminos o destinos. Pero el verdadero reto no está en alcanzarlo, sino en saber qué hacer con él.

Porque el poder te desnuda. Tarde o temprano, muestra quién eres en esencia. Y ahí, en ese espejo, algunos se reconocen… y otros se pierden.

He visto a personas llegar arriba y convertirse en versiones más luminosas de sí mismas: generosas, coherentes y comprometidas. Personas que usan su posición para construir puentes, para abrir puertas, para elevar a los que aún no han sido vistos. Esos líderes no solo mandan, sino que inspiran y multiplican.

Pero también he visto a personas envenenadas por la ambición, atrapadas por el miedo a caer, borrachas de control. Que viven atrapadas en la necesidad de sostener su trono, cueste lo que cueste. He visto cómo el poder, cuando se transforma en adicción, convierte a líderes en tiranos disfrazados. En seres que ya no sienten, que ya no escuchan, que solo mandan para protegerse.

Que dejan de mirar a los demás como personas, y empieza a verlos como piezas, obstáculos u amenazas.

Y eso destroza. Destroza a los equipos, en las empresas o en las familias. Duele ver cómo un liderazgo tóxico puede apagar la chispa de una cultura entera, romper la confianza, sembrar el miedo. Duele ver cómo el poder, mal gestionado, no solo daña a quienes lo sufren, sino también a quien lo ejerce.

Porque vivir con miedo a perder el poder… es vivir enjaulado.

Y lo más devastador es que muchos de estos líderes no se ven a sí mismos. No se dan cuenta de que están generando pánico en lugar de confianza. Que están apagando las luces en lugar de encenderlas. Que están destruyendo lentamente lo que puede que alguna una vez quisieran construir.

Porque al final, el legado no lo escriben los cargos, ni los títulos, ni los logros.

Lo que permanece es la memoria emocional que dejas en las personas que se cruzaron en tu camino.

Y esa memoria, o te honra, o te condena.


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