«Si juzgas a la gente, no tienes tiempo para amarla.» – Madre Teresa de Calcuta
¿Alguna vez te has detenido a pensar cuántas veces juzgamos sin conocer?
Es tan fácil caer en el hábito de mirar, analizar y decidir sobre alguien sin dar un paso más allá, sin comprender su historia, su lucha, su dolor. Solo con una mirada, una palabra, una acción. Nos lanzamos a emitir juicios sin saber lo que hay detrás de esa persona.
A veces, juzgamos y criticamos lo que no nos permitimos a nosotros mismos. Es fácil señalar con el dedo las decisiones de los demás, porque en ese acto de juicio escondemos nuestra propia frustración, nuestros propios miedos y limitaciones. Nos duele ver a los demás hacer lo que a nosotros nos cuesta tanto hacer: ser valientes, arriesgarnos, salir de nuestra zona de confort, o incluso mostrarnos vulnerables.
Juzgar es el atajo fácil. Es lo que hace nuestro cerebro cuando no quiere pararse a entender, a profundizar. Simplificar, reducir, categorizar.
Vivimos rodeados de prejuicios. Desde que nacemos, nos bombardean con etiquetas que no elegimos: Son creencias que no nos pertenecen, pero que tomamos como propias. Las absorbemos sin cuestionarlas.
El mundo está lleno de ruido y velocidad. En el trabajo, el afán de destacar nos empuja a competir, a medir, a definir quién es más o menos valioso. Pero la verdad es que el valor de una persona no se mide ni por su posición, ni con los estándares impuestos ni mucho menos con juicios apresurados. Se mide en cómo supera sus miedos, en cómo se levanta después de caer y en cómo sigue adelante.
¿Qué pasaría si en lugar de juzgar, nos tomáramos el tiempo de entender? ¿Qué pasaría si, en lugar de comparar, escucháramos? Si dejáramos de lado la crítica fácil y empezáramos a ver la historia de cada persona, sus cicatrices, sus risas, sus momentos de vulnerabilidad.
La próxima vez que sientas que el juicio se forma en tu mente, recuerda que no sabes lo que esa persona lleva dentro.
No juzgues, porque a veces lo que más necesitas está en la persona que menos te atreves a ver. Y si no quieres ser juzgado, no sigas sumando a esa cultura de etiquetas, de comparaciones, de descalificación.
Nos criticamos por no ser suficientes, y en esa inseguridad, buscamos culpar a los demás por sus elecciones. Pero el verdadero cambio no está en ver lo que otros hacen mal, sino en reconocernos a nosotros mismos. En aprender a darnos el permiso de ser imperfectos, de fallar, de crecer, de rectificar, de decir hasta aquí.
Si pudiéramos mirar a los demás como lo hace un niño, sin juicios ni comparaciones, tal vez el mundo sería un lugar mucho más humano. Deberíamos aprender a amar y aceptar a las personas por lo que son, sin importar sus cicatrices, sus imperfecciones, ni sus luchas.
PD. Recuerda siempre que no eres responsable de las versiones tuyas que existen en las mentes de otras personas.

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