Permítanme que hoy me permita

«La rigidez es compañera de la muerte; la flexibilidad es compañera de la vida.»

Lao-Tsé

Hoy no tengo un buen día. Y por ello, voy a darme permiso. Permiso para ser, para estar y para no avanzar. Rectifico, para poder avanzar.

La intransigencia conmigo misma me ha enseñado que llevar el motor al máximo sin parar a repostar es un tanto arriesgado. Así que voy a soltar el acelerador.

Vean lo que voy a hacer:

1-    No hacer limpieza del outlook que tengo pendiente.

2-    No convocar una reunión urgente de un tema no tan urgente.

3-    No cruzarme la ciudad para hacer la compra semanal en ese maravilloso mercado ecológico que suelo frecuentar.

4-    No cocinar ni decidir que van a cenar los niños. Hoy ellos elegirán el menú y pediremos comida a domicilio.

5-    No acudir a mi clase de pilates.

6-    No llamar a mi hermana por cuarta vez en el día. Tres, ya han sido suficientes.

Hoy me invade la apatía. No la juzgo, sino que la abrazo y analizo lo que necesita. Necesita descanso, necesita que pare, necesita que fluya. Por eso, voy a fluir, voy a fluir escribiendo. Porque me hace soltar, canalizar lo que siento y, sobre todo, cargar pilas.

 Me encanta escribir. Pero nunca encuentro el momento. A veces voy dejando notas, ideas por cada rincón de casa … algunas se convierten en aviones de papel que construye mi hijo, otras acaban en la basura por error y otras se acaban perdiendo.

Escribiré. Puede que lo que estáis leyendo ahora mismo. O quizás otra cosa. Pero canalizaré lo que siento, soltaré y recargaré las pilas.

Y después, me iré a dormir. Pronto. Extremadamente pronto. Necesito descansar, decirle adiós (o hasta pronto) a mi apatía y recuperarme del trancazo que ayer asomaba y hoy ya se ha dejado ver.

 Las personas a veces necesitamos de estos momentos. Permitirnos estar, sin sentirnos culpables por ello. No es rendirse, es sostenerse en el tiempo. Porque cuando nos programamos para alcanzar nuestras metas diarias, a veces nos olvidamos de lo que sucede por el camino.

Permitirse cosas y ser más flexibles, tanto con los demás como con uno mismo, es fundamental para el bienestar emocional y el crecimiento personal.

Y para acabar, permítanme que me permita transcribirles la historia del bambú y el roble:

Había una vez un roble imponente en el borde de un bosque. Su tronco era grueso, sus ramas se alzaban al cielo con orgullo, y sus hojas brillaban al sol. Todos los árboles pequeños lo admiraban, y el roble siempre decía:

—Miren cómo crezco, fuerte y recto. Nunca me detengo, siempre busco llegar más alto.

A su lado, crecía un bambú delgado y flexible. No se alzaba tanto ni tenía la majestuosidad del roble, pero siempre se mecía suavemente con el viento. A veces no parecía hacer nada, solo estar, simplemente ser.

El roble solía burlarse del bambú:

—¿Por qué no te esfuerzas más? Si fueras más firme y rígido, llegarías tan alto como yo.

El bambú solo sonreía, dejando que el viento pasara por sus hojas.

Un día, llegó una gran tormenta. El viento soplaba con una fuerza descomunal, la lluvia caía como si el cielo se rompiera, y los rayos iluminaban el bosque. El roble, con todo su orgullo, se mantuvo firme, resistiendo con toda su fuerza.

Pero el viento era demasiado fuerte. La rigidez del roble, que antes era su fortaleza, se convirtió en su debilidad. No podía ceder ni adaptarse, y finalmente, con un estruendo, el roble se partió por la mitad y cayó al suelo.

Cuando la tormenta terminó, el bambú seguía allí. Había doblado su tallo, se había inclinado casi hasta el suelo, pero nunca se rompió. Su flexibilidad, su capacidad de no hacer nada contra el viento, fue lo que lo mantuvo en pie.

El bambú miró el lugar donde había estado el roble y murmuró:

—A veces, la fuerza no está en resistir, sino en permitirnos fluir.


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