El próximo jueves 28 de febrero 2025 tendrá lugar la gran alineación planetaria. Hasta 7 planetas se alinearán en el firmamento. Será un evento único que se prevé no volverá a ocurrir hasta el año 2492.
No sé si esta alineación planetaria afecta al bienestar de las personas, pero por si acaso, yo me he alineado conmigo misma, he actualizado mi GPS y he aprovechado para hacer una puesta a punto de mis propósitos de vida. ¡Por si el universo manda señales, que me pille configurada!
Para ello, he pulsado el botón de pausa para pensar, reflexionar y poner orden, sobre todo priorizar, porque la inercia ya me llevaba de nuevo directa al modo “pollo sin cabeza”:
1. He anotado mi lista de prioridades personales y profesionales. He elegido en qué batallas darlo todo y en cuáles quedarme en la barrera.
2. He firmado un convenio de paz conmigo misma, que se resume en invertir energía sólo en lo que depende de mí. Las cláusulas relativas a lo que no puedo controlar han sido eliminadas.
3. He activado el modo NO: no a lo que no me corresponde, no a lo que me saca de mi camino, no a los planes por compromiso, no a los ladrones de energía, no a ser el buzón de quejas de lo que otros no quieren hacer.
¡Qué maravilla! Ahora mi SÍ es el que vale.
4. Desactivación del distrés, es decir, estrés perjudicial. Móvil de trabajo apagado a partir de las 18 h, mínimo contacto con vampiros emocionales o saboteadores de paz y adiós a mi perfeccionismo agotador.
5. Activación del eustrés, es decir, estrés del bueno. Sí a un viaje improvisado con mis hijos, sí a aceptar una entrevista en la radio sin esquema predefinido, sí a apuntarme a un torneo de golf cuando hacía 10 años que no cogía un palo, sí a conducir un F430 a velocidad supersónica por Montmeló (lo siento, pero la adrenalina me puede).
A veces las personas no somos conscientes y creemos que podemos con todo. Pero cuando intentas manejar demasiadas cosas a la vez sin poner límites, tarde o temprano algo se cae.
Cuando vas como pollo sin cabeza, tomas decisiones apresuradas, gastas energía innecesaria y terminas más estresado de lo que estabas. A veces, lo mejor que puedes hacer es parar, respirar y escuchar a tu «GPS interno» antes de seguir acelerando sin rumbo.
Era un día de otoño, de esos en los que el amanecer parece resistirse a llegar y el frío empieza a colarse hasta en los pensamientos. Había dormido apenas cinco horas, pero ya ni me sorprendía. Llevaba meses así. «Nada de qué preocuparse», me repetía, como si decirlo en voz alta pudiera convertirlo en verdad.
Llevé a los niños al colegio, como cada mañana. Mientras los despedía con un beso apresurado, mi mente ya estaba en otra parte: en la interminable lista de temas pendientes, en los correos sin responder, en las tareas del trabajo que me esperaban. Mi vida, que únicamente giraba entorno a mis hijos y a mi trabajo, se había convertido en un carrusel de responsabilidades que iban demasiado rápido, y a las que yo me aferraba con fuerza, sin atreverme a soltar.
No recuerdo exactamente en qué momento pisé el freno. El freno del coche. Solo sé que lo hice. Algo en lo más profundo de mí, algo que había aprendido a ignorar durante demasiado tiempo, me suplicó detenerme.
Lo que vino después fue una visita a urgencias, muchas preguntas, muchas otras respuestas entrecortadas y un registro de síntomas que, hasta ese momento, había evitado o, peor aún, normalizado. La doctora me miró con una mezcla de seriedad y ternura, como si viera en mí algo que yo aún no alcanzaba a comprender del todo:
– Necesitas parar – concluyó -. No te lo digo como un consejo opcional, sino como una indicación médica. Tu ritmo actual no es sostenible y, si no haces cambios, esto puede empeorar.
Y entonces, por primera vez en mucho tiempo, sentí lo que era detenerse de verdad.

Deja un comentario